El tiempo humano se acorta. Nada que los selknam no supieran. Por ello sus entierros eran superficiales y no se nombraba más al muerto, se quemaban sus pertenencias y se olvidaba en la tierra para no obstaculizar su viaje celeste.
Destino muy distinto a la necrofilia de Occidente y al culto de los muertos en México con sus calaveras.
Nada que ver con las ceremonias de homenaje a las broncíneas estatuas literarias, lo que se acostumbra para que el efímero nombre, rodeado de páginas muertas, sea embalsamado en una operación taxidermista de oropeles que se borran a la insignia del viento.
Los medios económicos se han agotado y, cumplida ya la misión de la montaña mágica del Melimoyu y del fiordo Puyuhuapi, hay que regresar a Santiago emprendiendo un camino irrevocable de sufrimiento. Pienso en que el Nuevo Camino de Santiago o Saga Patagónica resulta al final un destierro y no una búsqueda, que las genuinas vías sacras son dolorosas, desgarran el alma cuando uno tiene que volver a la “civilización”. No es lo mismo dejar a una mujer que al paisaje en que se ensarta el alma como el toro arranca la vida en el momento supremo del arte y el torero vestido de luces conquista la arena ensangrentada de la estrella de la mañana, donde vive para siempre. Se sepa su nombre o se haya olvidado.
No quiero marcharme. Sé que lejos del rostro de Dios me espera el diablo, pese a que comprendo que “tanto el Levante como el Poniente pertenecen a Dios”; pero yo sólo soy un hombre de carne y hueso, mi curación está incompleta, hay aún ponzoña que me envenena, recuerdos de pérdidas acumuladas, montones de esqueletos que no he enterrado, escombros que me sepultan, súcubos e íncubos que me acosan, no he logrado llegar al oasis de aguas templadas entre los hielos, soy una obra fragmentada, desarticulada, rota, voy nuevamente al exilio interior…
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Me dirijo a Puerto Montt, a donde se puede llegar por vía marítima desde Bariloche. Puerto de mercaderes y de fugaces viajeros, “ciudad fenicia” en que se acaba la llanura central de Chile y se empoderan las islas y los fiordos. El sur alemán es encantador. Cierro los ojos y me veo a mí mismo con mi boina y mis bigotes cosacos con el rostro doliente, en que quisiera que se supiera que he padecido sin salvarme: “Estado arcangélico irremediablemente pasado para su alma”.
Reconozco que la comida es excelente y veo mujeres rubias de ojos azules y tobillos gruesos. Sigo hacia el norte a la Araucanía, el que fuera el granero de Chile, con colonos európidos y chilenos del norte un tanto hoscos, donde leo que se ha despertado la sed cainita de la muerte.
Ya voy por Concepción, que conserva sus aires marciales, la ex metrópoli del poder militar donde se desarrolla el delirante Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), los del plan Z y la dictadura del proletariado por los sesentas y setentas, que al querer suprimir fueron suprimidos en otra más de las lecciones de la historia.
Paso al Chile español, a la cueca y al huaso, un espacio que tiene nobleza y vetustez, donde me reconozco más en los “cachorros sueltos del león español”.
Ya toco las puertas de Santiago, donde me recibe don Pedro de Valdivia y su trazo sosticial. Esa noche me convidan al Lili Marlen, lugar mítico de retratos, medallas, símbolos, marchas… Veo a Hans, el dueño, y a los camaradas chilenos Erwin, Sergio, Fernando, Pedro, Petras, Abdurrahan, Gonzalo… Y al oír el himno de Horst Wessel dibujo a la Patagonia. Soy el supliciado de esta tierra bendita. Y sé que he de volver con una corona de sombra y otra de luz.